Resistencias y cambios de paradigmas

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Si la urgencia de un asunto puede medirse por la vehemencia de los debates que lo rodean, la “crítica artística” es un asunto urgente.

Bajo etiquetas como arte contemporáneo o arte conceptual ha surgido un tema de discusión durante los últimos años, que contiene elementos tanto de filosofía (sobre todo, de epistemología) como de políticas y estrategias promocionales. Esto lo convierte en un tema híbrido, lo que no siempre contribuye a la claridad del debate.

Dicha urgencia se debe, en parte, a las políticas institucionales que afectan a este campo. Como resultado de aquellas opiniones, que lo más importante es la idea, el discurso.

Por regla general, en Cuba la creación artística y las obras de arte siguen siendo competencia de los artistas e instituciones culturales que los representan.

En qué consiste realmente esa diferencia, es precisamente el tema de las controversias, y tanto las opiniones como los motivos son aquí sumamente divergentes. (Creación, institución, promoción, circulación y mercado).

Lo primero que hay que tener en cuenta en lo que respecta a este debate es el hecho de que muchas de las partes contendientes tienden a optar por la fuerza retórica, según la cual el tener razón depende del poder de convicción de los argumentos. No es nada casual que normalmente las opiniones personales estén en sintonía con las afiliaciones de cada uno.

Muchos contendientes tienden a atrincherarse en posiciones personales establecidas, presentándose como defensores de unos estándares de calidad sobre los que creen tener la patente. Otros, por el contrario, ofrecen resistencia a cualquier forma de “cuestionamiento no autorizado” (como a veces se le llama despectivamente a los críticos consecuentes con el arte) -temerosos de perder su peculiaridad y recelosos de lo que perciben de los “polvorientos” confines de la improvisación.

El término “critica artística” alude en este caso tanto a la desalmada realidad de la burocracia de la institución, como a una inaceptable “deriva cultural”, según la cual el espíritu de la práctica artística de las academias tendría que ser traicionado para poder sacar provecho de la respetabilidad y el alto status social que nuestra cultura todavía otorga al trabajo intelectual.

El cambio en las políticas institucionales no es el único factor que ha introducido el tema de la “crítica en las artes” en la agenda del debate público y académico; el desarrollo mismo de la práctica artística también ha jugado su papel.

De unos años hasta ahora, ha sido un lugar común hablar de crítica artística en términos de reflexión y debate sociocultural. Aunque la reflexión y el debate han estado estrechamente vinculados a la tradición modernista desde el principio, están también entrecruzadas con la práctica artística en nuestra era moderna tardía o postmoderna –no sólo en términos de la auto-percepción de los creadores e intérpretes artísticos-, sino también, y cada vez más, en los contextos institucionales, desde las regulaciones de financiación hasta el contenido de los programas o estrategias de desarrollo y los consumidores artísticos.

Particularmente, en la última década (después de un periodo en el que “diversidad cultural” y “nuevos medios” eran las consignas), creación y reflexión han sido parte de los argumentos lucidos reclamados tanto por la práctica artística como por la crítica en los foros públicos y profesionales sobre las artes.

Tanto es así que crítica, creación y debate no sólo han dejado de ser asunto tratado en la cultura artística pinareña, sino que desapareció de los soportes tradicionales.

La cultura artística contemporánea pinareña se mueve hoy sin rumbo en muchas direcciones, pero ¿se mueve? Esa es la razón por la que invito a los intelectuales, teóricos y creadores locales a profundizar en las razones y motivos que han provocado una aparente inercia o estatismo voluntario en el debate sociocultural y el inevitable silencio que se produce en torno a la creación artística, sus análisis o cuestionamientos reflexivos.

Una melancolía envuelve el escenario artístico, dominado por realizadores o pequeños consumidores de la cultura del “todo está bien”. ¿Es arte cada producto ocasional promocionado y exhibido en los espacios públicos como opción única para los espectadores?

¿Qué sucede con las investigaciones socioculturales y los estudios de público?, ¿se tienen en cuenta los gustos, necesidades y preferencias de la población?

La programación es un acto científico; ¿es científica hoy la programación?, ¿existen profesionales comprometidos, conocedores y calificados para esta compleja labor en la oferta cultural pinareña?, ¿existe una plataforma promocional coherente y estratégica que defina jerarquías?

Más que interrogantes que pueden provocar respuestas y defensas oportunistas, prefiero convocar al análisis, a la reflexión de nuestra realidad. Pretendemos organizar el pensamiento reflexivo desde la lógica que hoy impone el mundo globalizado, ese que pretende homogenizar la cultura y conspira contra la identidad de los pueblos.

La explosión creativa que se vivió en Pinar del Río en los primeros cinco años del siglo XXI ha pasado a ser historia. En estos momentos se aprecia una cierta monotonía, cuando no un claro declive: los medios de comunicación disminuyen paulatinamente su atención al arte, o la subsumen en una mirada general a la cultura, cada vez más entendida como espectáculo mediático; dejaron de publicarse las revistas especializadas más activas (Cauce, La gaveta y Arpón) y no nacen nuevas iniciativas que centren sus objetivos en informar y opinar sobre el arte de la actualidad; los debates socioculturales empezaron por perder tono, a ser excesivamente tributarios de los que se entablan en la superficialidad y terminaron por desaparecer…

La inmediatez de la crítica dejó de ser oportuna, lógica y analítica, por lo que no contribuye en la valoración del arte y el buen gusto: el facilismo y la banalidad aparece con frecuencia en muchos escenarios como cómplices de un silencio absoluto y premeditado, no existen muchas vías para los debates e intercambios de opiniones en la actualidad.

Ante el inmovilismo, el incipiente desarrollo del ejercicio de la crítica pierde objetividad, si no su razón de ser, sus resultados, son cuestionados permanentemente hasta llegar a pronunciamientos apocalípticos y salomónicos, como el de algunos artículos publicados sobre ciertos hechos culturales.

Es lamentable que mis colegas del arte, no priorizado la calidad de las obras por encima de su actualidad, acaban por sentenciar: “Todo lo alabado por la crítica es transitorio y carece del menor valor no actual y casi todo lo denigrado por la crítica tiene posibilidades de permanecer”

En efecto, el compromiso de la crítica siempre ha sido el pronunciarse sobre lo que está ocurriendo en su propio momento histórico. ¿Qué compromiso adquiere el crítico con el arte de su tiempo, y con la sociedad en la que se inserta, si renuncia a decir algo sobre él -y sobre ella-, si elude su posibilidad de analizarlo?

No cabe duda que lo que llamamos arte contemporáneo pinareño, quiero decir en sentido estricto, sin siquiera ampliar sus horizontes constituyentes, es suficientemente complejo e incomprendido -sin eufemismos: despierta muchas más perplejidades y desavenencias que elogios y fervores- como para que el crítico rehúya el poder que tiene para dar su opinión sobre su existencia y su carácter.

Leer las obras de los críticos del pasado nos informa sobre el arte y la sociedad de su tiempo; si el crítico de hoy habla sobre el arte del pasado, remoto o próximo, o sobre el arte menos comprometido del presente resulta un paracronismo.

La crítica de arte en Pinar del Río ha singularizado su vertiente más conservadora, negando cualquier atisbo de vinculación entre arte y realidad, apostando por lo supuestamente seguro y eliminando la disparidad de voces en los medios de información. Una situación que no parece tener mejoría.

Ante la pérdida -o, si acaso, la hibernación- de los objetivos y los medios tradicionales de la crítica de arte en Vueltabajo, la intervención del crítico en los sistemas artísticos ha ido circulando por nuevos derroteros, algunos de los cuales vienen de muy lejos, pero adquieren su mayor relevancia justo cuando su máximo competidor (la escritura de opinión) ha sido sometida a un lento proceso de cercenamiento.

Al crítico posmoderno no le resulta imprescindible escribir; ya lo dejaba claro en reflexiones anteriores cuando señalaba que “a medida que las revistas especializadas han dejado de ser publicadas, el crítico ha inventado nuevos modos de desarrollar su profesión, su cometido de dar a conocer o de promocionar aquellos aspectos del arte que más le interesan”. El crítico se convierte en una especie de mediador entre el artista y el lugar en donde éste tendrá acceso al público.

La necesidad de fomentar la crítica artístico-literaria en los medios e instituciones, el estímulo de espacios de debate sociocultural y el incremento de la promoción ajustada a las jerarquías, son urgencias para nuestra comunidad artística, así como una programación certera de las actividades y eventos que eduquen el gusto estético de los espectadores.

La Cuba que hoy perfeccionamos se decide y se transforma en el debate y la discusión, ese debe ser el mecanismo de regulación más importante. La crítica y los medios de difusión juegan un papel fundamental, no se puede controlar el consumo cultural de cada individuo. Los jóvenes tienen en las manos todo tipo de productos y si no existe una discusión institucional o pública, no habrá respaldo para poder triunfar. Tenemos que educar una sociedad que pueda distinguir lo artístico y lo vulgar, porque estamos en presencia de influencias constante que vienen de las sociedades consumistas, las que no promocionan ni el saber ni la cultura.

La crítica de arte resulta esencial para combatir el seudoarte, la mala programación televisiva, el mal gusto en las ambientaciones locales. Nos hace falta distinguir proyectos, diferenciar pagos, establecer criterios especializados, promover el debate.

Los artistas son la vanguardia de la espiritualidad, debemos tener presente la cultura de la resistencia a pesar de la falta de recursos. Las nuevas tecnologías han ocupado el espacio de la programación cultural; enfrentemos el consumo de lo banal, la chabacanería y lo superfluo a través de buenas propuestas culturales.

Nos corresponde a los artistas, intelectuales y críticos mejorar la función de las instituciones desde lo creativo, desde los espacios formativos. No podemos retroceder el terreno ganado sobre la base del talento porque lo importante es disfrutar el arte.
Es imprescindible realizar eventos culturales que, además de recrear y educar, desarrollen una cultura del conocimiento, que valoren la reflexión, el análisis, más que la mera disposición para cubrir espacios ociosos con propuestas carentes da calidad.

Quizás iría demasiado lejos exigiendo un cambio de paradigma, pero sé, con toda seguridad, que es necesario una mudanza en la mentalidad de algunas personas. Sabemos que encontraremos férreas resistencia, pero esto no nos va a hacer perder el ánimo, es un reto que podemos asumir; para que el buen arte y la buena obra prevalezcan por sobre la mediocridad y el oportunismo.

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