Expo Personal «El color de lo mío» Mario Pelegrín – 2002

Un viaje a la espiritualidad

En la Galería “Arturo Regueiro” institución insignia del arte y la cultura vueltabajera se nos abre una puerta al paisaje criollo y santuario espiritual que caracteriza la familia cubana del entorno campestre. Allí, al traspasar el umbral, será huésped de la Sala de Exposiciones, esta vez bajo el hechizo pictórico de uno de los más destacados creadores de la pintura primitivista Mario Pelegrín. Con el arte manual que esta técnica supone: telas, pinceles, cartulina, acrílico, papier maché y una buena dosis de imaginación, asistimos a una verdadera fiesta de la transparencia y el color, ese prisma luminoso que caracteriza la bonanza del trópico y su raigambre sensual.

El artista recrea el ambiente familiar en sus más variadas imágenes oníricas con toda la ingenuidad que le ha conferido el tiempo desde los más lejanos ancestros: los interiores sobrios con sus muebles típicos, sus taburetes, los cuadros de familias en las paredes, macetas con plantas, uno que otro altar según la creencia como resultado de un vasto sincretismo, el viejo reloj altar con el tiempo real y el empaste artístico de lo original y sugerente, las vestimentas tradicionales, las frutas, las escenas de enamorados, los chicos en sus juegos típicos, las casuelas humeantes y en cada personaje una lectura simbólica referencial de una época que aún sigue vigente en sus estereotipos humanos de identidad y pertenencia sujetos a la huella cultural que han ido trazando las generaciones.

El ambiente exterior es aún más rico matizado por un marco bucólico, se aprecian en su fabulación plástica las palmas, matas de coco, variados árboles y a su sombra la manifestación de sus fiestas tradicionales. A veces un trovador inspirado en su dama: en otras la canturía no lejos de la vallita con su pelea de gallos, más allá el pozo de agua, gallos, gallinas, cerdos, la vaca lechera, el coche de caballos y sus protagonistas con atuendos típicos de sayas largas, pañuelos a la cabeza mientras que por otra parte luce el guajiro su guayabera, machete, polainas y sombrero, visible devenir, en la pigmentación de su piel, de la transculturación asumida magistralmente por Fernando Ortiz en el esplendor de sus investigaciones.

Cada cuadro desfila ante nuestras pupilas como imágenes de un celuloide en la más auténtica película campestre. Tal parece como si moviéramos también las fichas del dominó con esas manos atrapadas por el pincel o acaso sintiéramos una copla campesina de los improvisadores entre las deliciosas vaharadas que desprende el cerdo asado en puya. Sabor, color y olor a hierba fresca y a flores destilan estas obras en que como una simbiosis artísticas y existencial transpira la patria en su condición más autóctona.

Remontemos el mito lejano del tiempo y seamos huéspedes de esta acogedora sala donde se nos invita, como en un viaje a la semilla, a llenar nuestra mirada de color, ritmo y plasticidad ante las fórmulas mágicas y polisémicas de Pelegrín, artista de la luz y las formas en una invitación a la campiña cubana.

Sedamos la pupila al más bello paisaje humano que subyace detrás de las imágenes como sedimento de cubanía y como legitima expresión de nuestra espiritualidad. (Ver Galería de Imágenes)

Lorenzo Suárez Crespo

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