Expo Personal «Color y Vida» Carlos Marrero – 2002

Poeta del color, nació a la vera de estas colinas que rodean el bello escenario de Bahía Honda un 14 de Julio de 1953. Infancia agreste y encuentro, a los 11 años con otro maestro del color, Ubaldo Pérez. De ahí permeado por la vocación y con los primeros rudimentos del oficio, ingresa en la Escuela Provincial de Arte en 1966 para egresar en 1969, ocasión en que comienza su profesión de Instructor de Arte en la Casa de la Cultura de Bahía Honda hasta 1973 en que matricula en la Escuela Nacional de Arte, en Cubanacán.

A la tutela de insignes maestros como Tomás Sánchez, Nelson Domínguez, Antonio Vidal, Manuel Castellanos, Orlando Llanes, y otros, alcanza la titulación en 1977. Desde entonces asume en sus obras el Naturalismo como una nueva figuración de apasionado lirismo donde los temas acusan una mitificación creadora en alas de una luz caracterizadora de nuestros campos con un colorido armonioso y fresco.

Con un formato de grandes proporciones y una técnica de óleo sobre lienzo, el artista asume en sus cuadros el tema de la creación, de la vida en la transparencia femenina y cuya génesis se desborda tras las huellas de un Víctor Manuel, de un Carlos Enríquez o de un Servando Cabrera Moreno, porque quizás como dijera Teófilo Gautier: » Quien no ha imitado nunca, no ha sido nunca original». Y qué estela más sensual y prodiga que la de estos maestros del arte cubano.

Carlos concibe nuestro paisaje en sus más genuinas y alucinantes representaciones. Es la alegría de colores que pugnan en sus trazos la libertad de la luz con el dominio explosivo en primer plano de los claros: rosas, azules, verdes. Espejismo maravilloso de la sensualidad alegórica en canto pictórico a las montañas, las palmas, la flora: rosas, orquídeas, girasoles y en diminutos trazos, hogares campesinos descubiertos por el sol tropical, mágico espejismo como en una leyenda de luz al hechizo de las pupilas. Son siluetas en una búsqueda de las raíces con insinuaciones locales en que en sus disímiles lecturas nos evocan un cuadro vívido y representativo del paisaje cubano.

No se trata de un debate entre la abstracción y la figuración, sino de una elección instintiva dispuesta a escuchar las voces de la naturaleza antes que el himno pictórico. Su universo artístico denota un lirismo sorpren-dente en su unidad, trazando en signos con líneas flotantes una luz que se impone y estalla.

Decía nuestro Apóstol: «Toda rebelión de forma arrastra una rebelión en esencia». Aquí el pincel atrapa la luz como un haz de goce espiritual y desborda en planos mágicos el entorno natural. (Ver Galería de Imágenes)

Lorenzo Suárez Crespo
Asesor de Literatura

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